Hay muchas maneras de hacer algo público. Lo más sencillo es escribir lo que piensas y ya está, sin pensar en los demás ni en las consecuencias que puedan tener tus palabras.
Otra opción es calcular estas posibles consecuencias, es decir, prever las reacciones de aquellas personas que puedan sentirse aludidas por tu comunicación, positiva o negativamente, y decidir entonces si realmente merece la pena hacer públicas tus ideas o no. Evidentemente, cuando no te importan las posibles reacciones, la previsión de la que hablo da un poco igual, pero no está de más reflexionar sobre ello un buen rato porque podría ser que se haya pasado algo por alto.
Por supuesto, también existe una tercera opción, que es empezar la casa por el tejado: primero elijo la reacción que quiero de la gente y después maquillo la comunicación primigénea, ya sea falseándola, manipulando todas o alguna de sus partes, dando solamente datos que me benefician, contando verdades a medias y medias verdades... O mintiendo simple y llanamente. Una práctica bastante extendida en diferentes campos, no sólo en política.