
Que el deporte de alto nivel tiene una exigencia máxima es algo que yo no voy a descubrirle ahora a nadie. Se tienen que dar muchas condiciones para que un deportista llegue a situarse entre los mejores del mundo. Genética, educación y trabajo. Y pasión, y voluntad, y sacrificio... Y muchas cosas más, pero seguramente todas explicables por la genética, la educación recibida y/o el trabajo llevado a cabo.
Toda clase de público, el que más y el que menos, no dudará en afirmar que todo esto que he dicho "ya lo sabe". Es lo normal. Tanta gente sabe tantas cosas... Lo que pasa es que yo cada vez tengo más dudas de lo que sé y de lo que no. De lo que es normal, o aceptable, y de lo que no lo es tanto.
Ricky Rubio ha recibido un sinfín de críticas durante el torneo olímpico. Críticas que han ido desde lo profesional a lo personal. Se ha puesto en tela de juicio no solamente su capacidad para tirar o sobrellevar los fallos, sino también su compromiso, su madurez mental, su peinado o incluso su orientación sexual. Se le ha invitado a irse de Río o incluso a dejarse el baloncesto.
No entiendo nada. Me pregunto en qué momento de nuestras vidas nos volvemos así de exigentes. ¿Cuándo dejamos de ser inocentes? ¿Por qué queremos esa excelencia, ajena a nosotros, que nos complazca?